En la agricultura moderna, alcanzar altos niveles de productividad ya no depende únicamente de un buen suelo. Hoy, el estrés abiótico causado por sequías, salinidad, radiación solar excesiva y temperaturas extremas, se posiciona como la principal causa de pérdidas de rendimiento a escala global, pudiendo reducir la producción hasta un 50%.
La campaña 2025 dejó en claro esta tendencia. Un ejemplo concreto de esta tendencia puede observarse en la localidad de Paraná, Entre Ríos, donde durante el verano se registraron temperaturas máximas de 38 °C (16/01), 40 °C (10/02) y 37 °C (05/03), muy por encima de los promedios históricos de 31,2°C, 29,7°C y 27,9°C para los meses de enero, febrero y marzo.
En cuanto a precipitaciones, mientras que los valores históricos acumulados para estos meses son de 112,2 mm, 128,3 mm y 147,6 mm, durante 2025 se registraron unos “tardíos” 101,2 mm, 202,2 mm y 115 mm.
En consecuencia, estos desvíos muestran un escenario climático cada vez más inestable y desafiante para cualquier cultivo.
Al impacto ambiental se debe sumar el estrés fisiológico, que ocurre cuando la planta atraviesa etapas críticas, como formación de raíces, desarrollo floral o llenado de granos, y la oferta nutricional del suelo no alcanza a cubrir sus demandas metabólicas del cultivo.
Cuando una planta se enfrenta a condiciones adversas, su metabolismo se desequilibra. Un caso típico es el déficit hídrico, que provoca daños en las membranas celulares y en las proteínas. Como consecuencia, se genera una producción excesiva de Especies Reactivas del Oxígeno (ROS), moléculas altamente destructivas que dañan el ADN y las proteínas de la planta, llevándola muchas veces a la muerte celular.
Para mitigar estos efectos, la bioestimulación y la nutrición especializada se han consolidado como estrategias clave. Permiten reducir el impacto del estrés, mantener activo el metabolismo y sostener la productividad, especialmente en campañas con alta variabilidad climática.
Vale aclarar que estas tecnologías no reemplazan la nutrición de base ni las buenas prácticas agronómicas, sino que complementan el manejo, acompañando a la planta en los momentos en que está más exigida.
En este escenario de alta exigencia fisiológica, la nutrición mineral cumple un rol central para sostener el metabolismo vegetal y mejorar la tolerancia al estrés. Determinados nutrientes participan activamente en los mecanismos que permiten a la planta mantener su actividad fotosintética, regular el balance hídrico, optimizar el uso de la energía y recuperarse frente a condiciones ambientales adversas.
El potasio (K) es un macronutriente esencial que interviene en múltiples procesos fisiológicos críticos. Es fundamental para mantener altas tasas de fotosíntesis y asegurar una correcta traslocación de fotoasimilados. Además, participa en la activación de enzimas y en la síntesis de proteínas, ya que más de 80 de ellas requieren potasio para funcionar adecuadamente.
También cumple un rol clave en el metabolismo de los carbohidratos, influyendo directamente en el contenido de almidón de los cereales. Otro de sus aportes más relevantes frente al estrés es la regulación de la turgencia celular, indispensable para la expansión de tejidos jóvenes y el crecimiento vegetativo. La adecuada acumulación de potasio favorece, además, una mayor retención de agua dentro de los tejidos, contribuyendo a sostener la hidratación de la planta bajo condiciones de estrés hídrico.
El fósforo (P) es otro macronutriente esencial, con funciones críticas tanto a nivel estructural como metabólico. Forma parte de moléculas fundamentales como ácidos nucleicos, proteínas y fosfolípidos, y es un componente central de los sistemas de transferencia de energía (ATP), que sostienen prácticamente todos los procesos bioquímicos de la planta. Su adecuado suministro resulta determinante durante las primeras etapas del cultivo, cuando se define la arquitectura radicular y la capacidad de exploración del suelo. En situaciones de deficiencia de fósforo, los cultivos presentan un crecimiento reducido, acompañado por un menor desarrollo de raíces y hojas, lo que limita la absorción de agua y nutrientes, restringe la fotosíntesis y condiciona el rendimiento potencial desde estadios tempranos.
Cuando estos nutrientes clave están disponibles de manera eficiente, la planta logra reducir su costo energético interno, sostener el metabolismo activo y mejorar su capacidad de tolerancia y recuperación frente a episodios de estrés abiótico y fisiológico.
Es precisamente en este contexto donde entran en juego Wayra K Plus y Vigorión, la propuesta nutricional de Amauta Agro formulada para mejorar la tolerancia al estrés y favorecer la recuperación del cultivo.
En esta combinación, Vigorión aporta de forma balanceada aminoácidos involucrados en las vías de respuesta al estrés —como lisina, leucina, fenilalanina y valina— junto con ácido aspártico y ácido glutámico, claves en el almacenamiento de carbono y nitrógeno y en la síntesis de clorofila.
Por su parte, Wayra K Plus provee nutrientes que intervienen en diferentes vías metabólicas y resultan indispensables para que las plantas puedan tolerar y sobreponerse a situaciones de estrés.
Juntos, Wayra K Plus con Vigorión mejoran la eficiencia en el uso de nutrientes y la tolerancia al estrés abiótico, aportando en promedio 229 kg/ha adicionales en soja, al optimizar el metabolismo y reducir el costo energético interno de la planta.