Introducción
El cultivo de soja (Glycine max) es una leguminosa de gran relevancia en la producción agrícola y desempeña un papel fundamental en las economías de la región. En los últimos años, el sector ha enfrentado desafíos significativos relacionados con condiciones climáticas adversas y precios desfavorables. En este contexto, la innovación en las prácticas de manejo agronómico se torna crucial para mejorar los rendimientos y la calidad la cosecha.
Entre las estrategias más prometedoras se destaca la bioestimulación y la fertilización foliar. La primera potencia los procesos fisiológicos de las plantas, mientras que la segunda ofrece una vía directa y rápida para suministrar nutrientes esenciales. Ambas han ganado protagonismo por su capacidad para lograr grandes impactos en la productividad, alineándose además con los principios de una agricultura más eficiente y sostenible.
La bioestimulación y sus beneficios
Un bioestimulante vegetal es cualquier sustancia o microorganismo que se aplica a las plantas con el objetivo de mejorar la eficiencia en la nutrición, la tolerancia al estrés abiótico y las características de calidad del cultivo, independientemente de su contenido de nutrientes (Du Jardin, P, 2015). Existen diversos tipos de bioestimulantes que varían según su origen y función en las plantas. Entre los más conocidos se encuentran: extractos de algas, ácidos húmicos y fúlvicos, biopolímeros, vitaminas, microorganismos y aminoácidos (Yakhin, et al, 2017).
Estos últimos actúan como bioestimulantes debido a que:
Asimismo, al ser compuestos orgánicos absorbidos directamente por las plantas, actúan como "alimento prefabricado", lo que reduce el consumo de energía. En conjunto, estos efectos favorecen la resistencia de las plantas al estrés abiótico y aumentan su rendimiento.
Los cultivos, tal como los conocemos hoy en día, han evolucionado en un entorno terrestre, desarrollando estructuras especializadas para absorber agua y minerales del suelo a través de las raíces. Por ello, es lógico esperar que esta vía, sea la principal. Sin embargo, es importante recordar que los primeros vegetales se originaron en medios acuáticos, donde absorbían nutrientes y agua a través de toda su superficie, una capacidad que aún conservan (Quintero, 2019).
Normalmente, los fertilizantes en el suelo deben disolverse, moverse hasta las raíces, y ser absorbidos y translocados hasta el punto de crecimiento de la planta. En cambio, cuando se realiza una aplicación foliar, los nutrientes penetran directamente en la cutícula de la hoja o a través de los estomas e ingresa rápidamente a las células. Esto permite una respuesta inmediata de la planta en comparación con la fertilización del suelo (Fageria et al, 2009).
Sin embargo, las aplicaciones foliares suelen estar condicionadas por la dosis de nutrientes que es posible administrar, ya que esta encuentra una limitación en la capacidad de absorción de las hojas. Además, el tiempo de permanencia de los nutrientes sobre la superficie de la hoja es relativamente breve (Quintero, 2019), por lo que esta forma de fertilización suele ser utilizada de forma estratégica.
Se pueden definir al menos dos momentos claves en los que la fertilización foliar puede ser utilizada. Primero, es especialmente útil cuando el suministro de nutrientes desde el suelo es insuficiente (Figura 1), ya sea debido a una fertilización de base inadecuada, condiciones del suelo desfavorables como pH extremos, alta fijación o baja retención de nutrientes, o factores puntuales como baja humedad o el uso de herbicidas que limitan la absorción de algunos nutrientes. Segundo, durante períodos de altas tasas de absorción, la demanda de nutrientes por parte del cultivo puede superar la capacidad de suministro del suelo (Figura 1), incluso en suelos fértiles. También etapas críticas como el desarrollo de frutos o el llenado de granos pueden sobrepasar la capacidad de absorción de las raíces, generando deficiencias nutricionales frente a las altas exigencias del cultivo (Fernández et al, 2013).
Figura 1. Demanda de nutrientes por parte del cultivo y oferta de nutrientes por parte del suelo. Adatado de César E. Quintero
Las variaciones en el rendimiento de soja se deben a la cantidad de granos y al peso final de estos. El parámetro número de granos se ve afectado por la capacidad fotosintética de la planta al momento de la formación de las vainas, por lo que es importante llegar a este momento fenológico con una buena cobertura. En el caso del peso final de los granos, este varía de acuerdo con el aporte nutricional en las etapas finales del ciclo del cultivo (Egli, 2010).
Una de las claves para obtener altos rendimientos en el cultivo de soja es la capacidad fotosintética, esencial al momento de entrar en el periodo reproductivo. Para lograrla, es fundamental asegurar un buen canopeo que permita captar toda la energía lumínica que sea posible. En contraparte, las malezas representan una amenaza, debido a que limitan el crecimiento de nuestro cultivo por competencia de luz, agua y nutrientes.
En el cultivo de soja, es común el uso de herbicidas postemergente para controlar malezas. Sin embargo, estos pueden generar efectos negativos sobre del cultivo, afectando su desarrollo y reduciendo el rendimiento. En este contexto, Vigorión juega un rol clave. Se trata de un bioestimulante orgánico líquido, concentrado en aminoácidos libres que optimiza procesos metabólicos para mejorar el crecimiento y desarrollo de los cultivos. En aplicaciones foliares, la rápida asimilación de estos aminoácidos potencia el rendimiento y favorece la recuperación de aquellos cultivos que se encuentren bajo estrés.
El uso de herbicidas postemergentes tiene un beneficio neto dentro del cultivo de soja ya que, como se mencionó, sirven para eliminar la competencia con malezas, las cuales tienen la potencialidad de comprometer fuertemente el rendimiento del cultivo. Usualmente, se valorar este efecto positivo, pero se desestima el estrés que generan estos productos dentro del cultivo.
En un ensayo realizado en la localidad de Pergamino, Buenos Aires (Figura 2), se evaluó la capacidad de Vigorión para mitigar las pérdidas de rendimiento producto de la utilización de herbicidas en un cultivo de soja libre de malezas. Allí, se observó que los fitosantiarios aplicados provocaron una pérdida de rendimiento de 709kg/ha por estrés oxidativo (Efecto Herbicida). Cuando a estos se los combino con Vigorión (EH+Vigorión), la recuperación de rendimiento generada por los aminoácidos presentes en el producto favoreció la recuperación del cultivo, de manera que no se generaron caídas en el rendimiento.
Figura 2. Efecto de Vigorión en aplicaciones junto a herbicidas en el cultivo de soja. Rendimiento expresado en kilogramos*hectárea-1. Vigorión fue aplicado junto al herbicida Fomesafen (ingrediente activo), utilizando las dosis recomendadas según el marbete de ambos productos.
Sobre el aporte nutricional, la soja es altamente demandante, llegando a tasas de extracción superiores incluso a las de cultivos como maíz y trigo. Particularmente, el cultivo de soja extrae grandes cantidades de potasio (K) comparada con otros cultivos como las gramíneas, llegando a tasas de extracción del 50 al 60% del K absorbido durante todo su ciclo.
Además, para maximizar los rendimientos es fundamental garantizar un adecuado aporte nutricional durante el llenado de granos, ya que esto impactará en el peso final de los mismos. Para esto, en Amauta contamos con Wayra K Plus, un fertilizante foliar diseñado para prevenir o corregir deficiencias de potasio (K).
Durante los estadios de alta demanda del cultivo, Wayra K Plus aporta K junto a N y P, facilitando los procesos metabólicos y la translocación de hidratos de carbono. Asimismo, provee al cultivo de micronutrientes protegidos como Molibdeno (Mo) y Manganeso (Mn).
Incluso en condiciones de suelos con niveles adecuados de nutrientes, en ocasiones las raíces no alcanzan a absorber los nutrientes a la velocidad necesaria para satisfacer las demandas del cultivo (Figura 1). En estos casos -que ocurren comúnmente durante el periodo reproductivo-, Wayra K Plus complementa la fertilización de base, superando estas limitaciones y ayudando a alcanzar el máximo potencial de rendimiento.
El manejo integrado de Vigorión y Wayra K Plus constituye una estrategia clave para maximizar el rendimiento en soja, particularmente durante las etapas reproductivas del cultivo, cuando las exigencias metabólicas y nutricionales son más elevadas.
La combinación de los aminoácidos libres presentes en Vigorión, junto a los macronutrientes y micronutrientes aportados por Wayra K Plus, potencian la eficiencia metabólica del cultivo, optimizando procesos esenciales como la síntesis de proteínas y la translocación de carbohidratos. Estos procesos son fundamentales para el llenado de granos, asegurando un mayor aprovechamiento de los nutrientes suministrados.
Además, la regulación osmótica se ve fortalecida gracias al aporte de potasio (K) proporcionado por Wayra K Plus, un elemento crítico en las etapas reproductivas del cultivo. Este balance osmótico es crucial para mantener un metabolismo eficiente y para garantizar el desarrollo adecuado de los granos, incluso en condiciones de alta demanda o estrés.